Era muy chiquitín. Tanto que solo podía ver por encima de las rodillas de los más mayores. Tendría tres años, algún moratón y no más de cuatro dientes. Y era como un ratoncito juguetón. Pequeño, frágil, escuálido y muy escurridizo. Tanto que era capaz de guarecerme en cualquier diminuto rincón sin ser visto. Parecía un ladrón de guante blanco buscando el robo perfecto a través de un butrón. Un caco tan invisible y silencioso como el águila real en su majestuoso vuelo a la hora de cazar. Y aquello me otorgaba inmunidad y el pasaporte para viajar de habitación en habitación. Nadie me veía y por lo tanto nadie me prestaba atención.

Era como un fantasma con una capa de invisibilidad. Estaba y no estaba. Respiraba y dejaba de respirar. Y era así como lograba hacerme con los mejores lugares y momentos. Se podría decir que era el dueño y señor de la vieja casa de la abuela Mari. Y allí, acurrucado debajo de la noble mesa de roble, escuchaba y memorizaba cientos de conversaciones. Charlas sobre lo fugaz de la vida con sus días de sol y sus tardes de tormenta. Conversaciones amables a la luz de una vela. Y charlas desagradables a la luz de dos. Y así el ratoncito fue creciendo y vistiendo su alma con sus éxitos y con sus miedos. Ya no era un fantasma invisible pero el afán por escuchar y entender todo tipo de historias también creció. Y así es como comenzó mi locura por trasladar todo aquello al papel. Horas inquietas y sudorosas en las que limpiaba mi alma y la hacía respirar. Paseos interminables buscando respuestas a preguntas inacabadas.

Y todo para entender de dónde venía, quién en realidad podía ser y a dónde me dirigiría en el camino interminable de la vida. Y con la adolescencia llegó el vendaval y la ausencia de miedo. Y las letras se tornaron ciclones imaginativos que atormentaban mi existencia. Desayunaba, comía y cenaba con historias sobre la amistad, el dolor, la soledad, el cariño, el amor, la decepción, la muerte y la vida. Quería crear historias que cambiaran el mundo. Por eso la universidad llegó a mi vida, sin avisar, como un amor temprano y dulce que lo cambia todo. Y en Pamplona, durante cuatro intensos años, me fui forjando como un gladiador de la comunicación dispuesto a emprender cualquier batalla. Después llegarían los viajes interminables, los días de sol en tierras lejanas e inhóspitas. Llegarían los amores imposibles,  las lágrimas de fresa y también los retos y sus silencios. Y la vida pasaría cantando con sus cicatrices y sus heridas. Con su guitarra vieja y desafinada y sus acordes mágicos e infinitos. Y todo para viajar en un tren del recuerdo a la casa de mi abuela. Desafiando de nuevo a la muerte y al olvido. Tal vez buscando mi historia entre historias ya vencidas de ratones y fantasmas.