Al recordar al gran Félix Rodríguez de la Fuente mi alma tiende a llorar y sonreír a la vez. Es una sensación difícil de explicar. Y lo es porque genera en mi corazón un conflicto que lo anima a latir con fuerza siguiendo el ritmo de mis recuerdos. Félix fue un gran maestro, en todos los sentidos. Un excepcional comunicador de voz de roble que despertó el amor incondicional por la naturaleza en millones de personas alrededor del mundo. De carácter vital, fuerte, honesto y sincero, dejó en nosotros huellas de vida imborrables. Nos legó rastros preciosos para encontrar el verdadero sentido de la vida. Migas de pan que trazaban el único camino verdadero del hombre, el del amor por la madre tierra. El mejor amigo de los animales vivía pegado a su piel y al calor de sus cuerpos cómo quién vive pegado al pecho de una madre. Y desde su atalaya en el lugar más precioso y recóndito del bosque nos advirtió del camino hacia el vacío que había emprendido el hombre. Un camino de silencio, tristeza y muerte que había roto con el pacto de amor con el planeta. Y es que para Félix, el hombre no era sino una alimaña egoísta y hambrienta. Un depredador con sangre en sus colmillos capaz de contaminar la vida por puro placer.

 

Félix vaticinó que la tierra terminaría por cansarse de nosotros. Como se cansa el día de la noche con los primeros rayos del sol. Y dejaría así de darnos cobijo, aire y agua abandonándonos a nuestra suerte, como abandona una madre desquiciada a un hijo nada más nacer. Y aquí, triste y confinado, viajando a través de los recuerdos, me doy cuenta de que Félix tenía razón. Y pienso que el Covid 19, este virus despiadado y asesino, no es sino la respuesta del planeta a tanta vejación y sufrimiento por pate de los seres humanos. Un enemigo invisible sin maletas que no entiende de razas, dinero o fronteras. Una araña depredadora y hambrienta que ha tejido una trampa perfecta y mortal. Una trampa tan dulce como siniestra para atrapar a su peor enemigo, los así mal llamados seres humanos. Un virus contra otro virus. Un depredador enfrentado a otro depredador. Una bomba para eliminar otra bomba. Por eso, mi propia y lóbrega atalaya, imagino el regreso del gran maestro. Y pienso que Félix jamás nos abandonó. Que sigue oteando el horizonte y cuidando de la madre tierra desde la estrella que más brilla en el firmamento. Con su voz grave y melodiosa. Con su recia presencia y su espíritu imperturbable. Guiándonos desde algún lugar oculto y maravilloso. Y todo para vencer la gran batalla contra el virus y contra nosotros mismos. La decisiva batalla antes de la gran guerra. La guerra por la verdadera supervivencia.

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