Recuerdos de niñez en Santa Cecilia

Aquel frío 22 de noviembre de 1985fue muy especial. Uno de esos días imborrables que el tiempo tatúa en el alma y que no se evaporan jamás. Uno de esos días atados al recuerdo de un niño travieso y juguetón de Salas delos Infantes en aquellos maravillosos años ochenta. Eran las cinco de una tarde fría y húmeda. Una tarde otoñal plagada de hojas que bailaban mecidas por el viento dibujando sonrisas en los corazones. Sonrisas amables y sencillas de unos niños sentados en pupitres de madera carcomida de aquel maravilloso y hoy desaparecido Colegio San José. El timbre sonó tan fuerte como los cañones descargando sobre el enemigo en una guerra. Éramos libres y nos abrazamos saltamos y jugamos como si no hubiera un mañana. Había llegado por fin Santa Cecilia, la mejor fiesta del mundo. Era una efeméride a la altura de las Fiestas de Navidad, de Semana Santa o las del verano. Y es que el Barrio de Costana se ponía guapo vistiendo de luz y de color cada rincón.

Los mozos ya habían deja-do las estepas apiladas unas sobre otras como si se abrazarán sabiendo que pron-to les llegaría el final. Estepas humedecidas que se acariciaban formando un reino que a ojos de un niño de siete años parecía inexpugnable. Y aquel Arlanza poderoso y son no-liento bañando la ribera. Acariciando las piedras y las ramas componiendo Melodías suaves y eternas. Melodías para un concierto que comenzaba con la primera llama de aquella hoguera llamada “Chi-nada”. Aquel lugar mágico de herencia celta donde el fuego consumía sin piedad los recuerdos, los temores, los miedos, los anhelos, los retos y las ilusiones. De aquel fuego mágico de mil colores que se elevaba hacia un cielo donde el sol había dejado de ser el rey. Allí, en la pequeña coqueta plaza del Orgulloso Barrio de Costana, junto al Mesón Ricardo, el mejor del histórico reino de Castilla. Allí, donde dos enamorados sin luz en los ojos y maniatados mataban engallo como si quisieran atrapar su ancestral poder. Sangre que se derramaba tal vez injustamente mientras todos en la plaza bailaban, brincaban, se besaban se abrazaban en un éxtasis interminable. La romana Santa Cecilia resucitaba llegaba a la plaza acompañada de los mejores músicos del mundo. Y era así como la fiesta comenzaba y las ilusiones, las sonrisas y los buenos deseos se apoderaban de todo y de todos convirtiendo aquello en un Reino mágico y feliz. Y yo, en la terraza de aquel Castillo que era mi casa, saboreaba el chocolate que le había robado a mi pobre abuela Tere. Allí, en aquella atalaya improvisada y segura, yo era el comandante en jefe de todos los ejércitos. Sin móviles, tabletas u ordenadores. Pero sí con la vitalidad de un niño de siete años que jugaba a desafiar las estrellas. Luces mágicas, infinitas, poéticas y eternas que dirigían su mirada a la reina consorte de la gran fiesta. A la Diosa de la Música, a la más bella. Al ángel celestial que bailaba feliz brincando.


Viejas historias de ratones y fantastamas

Era muy chiquitín. Tanto que solo podía ver por encima de las rodillas de los más mayores. Tendría tres años, algún moratón y no más de cuatro dientes. Y era como un ratoncito juguetón. Pequeño, frágil, escuálido y muy escurridizo. Tanto que era capaz de guarecerme en cualquier diminuto rincón sin ser visto. Parecía un ladrón de guante blanco buscando el robo perfecto a través de un butrón. Un caco tan invisible y silencioso como el águila real en su majestuoso vuelo a la hora de cazar. Y aquello me otorgaba inmunidad y el pasaporte para viajar de habitación en habitación. Nadie me veía y por lo tanto nadie me prestaba atención.

Era como un fantasma con una capa de invisibilidad. Estaba y no estaba. Respiraba y dejaba de respirar. Y era así como lograba hacerme con los mejores lugares y momentos. Se podría decir que era el dueño y señor de la vieja casa de la abuela Mari. Y allí, acurrucado debajo de la noble mesa de roble, escuchaba y memorizaba cientos de conversaciones. Charlas sobre lo fugaz de la vida con sus días de sol y sus tardes de tormenta. Conversaciones amables a la luz de una vela. Y charlas desagradables a la luz de dos. Y así el ratoncito fue creciendo y vistiendo su alma con sus éxitos y con sus miedos. Ya no era un fantasma invisible pero el afán por escuchar y entender todo tipo de historias también creció. Y así es como comenzó mi locura por trasladar todo aquello al papel. Horas inquietas y sudorosas en las que limpiaba mi alma y la hacía respirar. Paseos interminables buscando respuestas a preguntas inacabadas.

Y todo para entender de dónde venía, quién en realidad podía ser y a dónde me dirigiría en el camino interminable de la vida. Y con la adolescencia llegó el vendaval y la ausencia de miedo. Y las letras se tornaron ciclones imaginativos que atormentaban mi existencia. Desayunaba, comía y cenaba con historias sobre la amistad, el dolor, la soledad, el cariño, el amor, la decepción, la muerte y la vida. Quería crear historias que cambiaran el mundo. Por eso la universidad llegó a mi vida, sin avisar, como un amor temprano y dulce que lo cambia todo. Y en Pamplona, durante cuatro intensos años, me fui forjando como un gladiador de la comunicación dispuesto a emprender cualquier batalla. Después llegarían los viajes interminables, los días de sol en tierras lejanas e inhóspitas. Llegarían los amores imposibles,  las lágrimas de fresa y también los retos y sus silencios. Y la vida pasaría cantando con sus cicatrices y sus heridas. Con su guitarra vieja y desafinada y sus acordes mágicos e infinitos. Y todo para viajar en un tren del recuerdo a la casa de mi abuela. Desafiando de nuevo a la muerte y al olvido. Tal vez buscando mi historia entre historias ya vencidas de ratones y fantasmas.


Bienvenidos a la realidad

¡¡Feliz Año nuevo!! ¿Está frasecita les suena verdad? Son tres simples palabras que una vez al año repetimos y repetimos y repetimos hasta el cansancio y la saciedad. Como pinguinos bailando siempre la misma canción. Porque todo comienza en una noche de locura, juerga y desenfreno como si no hubiera un mañana. Y la navidad continua y cenamos, una vez más, todo tipo de mariscos, pescados, carnes, dulces, tartas, turrones y mazapanes. Y lo regamos y volvemos a regar con vinos de renombre, sidra asturiana, champan francés, cava extremeño y cubatas de ron de mil colores y sabores. Y después llegan los fuegos de artificio. Que cantan y bailan en el firmamento sonriéndole a las estrellas mientras las mascotas lloran buscando silencio y tranquilidad. Y así hasta llegar a las doce. Para engullir como cocodrilos hambrientos las uvas o garrapiñadas o pasas o caramelos de sabores. Da igual, porque el ritual supuestamente mágico es lo que importa. Doce segundos catárquicos para cambiar el rumbo de nuestras vidas. ¡Todo en doce segundos! ¡Venga ya! Y después nos conjuramos y salimos guapos y relucientes a dar besos y abrazos a personas que no pintan nada en nuestras vidas. A esos que no nos sonrieron, ni abrazaron ni pensaron en nosotros durante 365 días. Y bebemos y bebemos como si fuera el último manantial en el desierto. Y nos emborrachamos pensando en grandes cambios de rumbo. Y soñamos despiertos con viajar y vivir y sentir y disfrutar y amar y encontrar la verdadera felicidad. Y llega la mañana de año nuevo. Y el resacón. Y comienza la penitencia. Y la báscula te devuelve a tu miseria y a la realidad. ¡Cinco kilos más!! ¡La ostia puta! Y son de peso, no de dinero. Y tiemblas ante tu próxima cita con el médico. Porque sabes que el colesterol y la tensión también se sumaron a las fiestas. Como lo hizo tu cuenta bancaria que no ha dejado de llorar. Porque la abandonaste comprando cosas que tal vez no eran tan necesarias. Y recuerdas, un año más, la lotería. Y el bombo y los niños cantarines y los locos disfrazados y las bolitas inquietas y esos grandes premios que, una vez más, no fueron para ti. Así que…¡Feliz Año nuevo amigo!! ¡Bienvenido a la realidad!. Ya decía Heráclito que el sol se renueva cada día y por eso no dejará de ser eternamente nuevo. Una vez más te dejaste llevar. Por la parafernalia, las cenas, el lujo, las promesas y las ilusiones ajenas. ¡Una vez más, te dejaste engañar! Tienes que vivir y soñar y respirar y besar y amar y sentir y volar y ser feliz todos los días. Cada segundo, cada minuto, cada hora, cada instante, cada sonrisa, cada latido de tu corazón. Porque el tiempo no existe, es sólo una ilusión. Pero tú si existes y esa debe ser siempre tu ilusión. Por eso amigo mío déjame desearte Feliz…

Puedes leer también el artículo en Tuvozenpinares. 


Nosotros si somos el peor virus del planeta

Al recordar al gran Félix Rodríguez de la Fuente mi alma tiende a llorar y sonreír a la vez. Es una sensación difícil de explicar. Y lo es porque genera en mi corazón un conflicto que lo anima a latir con fuerza siguiendo el ritmo de mis recuerdos. Félix fue un gran maestro, en todos los sentidos. Un excepcional comunicador de voz de roble que despertó el amor incondicional por la naturaleza en millones de personas alrededor del mundo. De carácter vital, fuerte, honesto y sincero, dejó en nosotros huellas de vida imborrables. Nos legó rastros preciosos para encontrar el verdadero sentido de la vida. Migas de pan que trazaban el único camino verdadero del hombre, el del amor por la madre tierra. El mejor amigo de los animales vivía pegado a su piel y al calor de sus cuerpos cómo quién vive pegado al pecho de una madre. Y desde su atalaya en el lugar más precioso y recóndito del bosque nos advirtió del camino hacia el vacío que había emprendido el hombre. Un camino de silencio, tristeza y muerte que había roto con el pacto de amor con el planeta. Y es que para Félix, el hombre no era sino una alimaña egoísta y hambrienta. Un depredador con sangre en sus colmillos capaz de contaminar la vida por puro placer.

 

Félix vaticinó que la tierra terminaría por cansarse de nosotros. Como se cansa el día de la noche con los primeros rayos del sol. Y dejaría así de darnos cobijo, aire y agua abandonándonos a nuestra suerte, como abandona una madre desquiciada a un hijo nada más nacer. Y aquí, triste y confinado, viajando a través de los recuerdos, me doy cuenta de que Félix tenía razón. Y pienso que el Covid 19, este virus despiadado y asesino, no es sino la respuesta del planeta a tanta vejación y sufrimiento por pate de los seres humanos. Un enemigo invisible sin maletas que no entiende de razas, dinero o fronteras. Una araña depredadora y hambrienta que ha tejido una trampa perfecta y mortal. Una trampa tan dulce como siniestra para atrapar a su peor enemigo, los así mal llamados seres humanos. Un virus contra otro virus. Un depredador enfrentado a otro depredador. Una bomba para eliminar otra bomba. Por eso, mi propia y lóbrega atalaya, imagino el regreso del gran maestro. Y pienso que Félix jamás nos abandonó. Que sigue oteando el horizonte y cuidando de la madre tierra desde la estrella que más brilla en el firmamento. Con su voz grave y melodiosa. Con su recia presencia y su espíritu imperturbable. Guiándonos desde algún lugar oculto y maravilloso. Y todo para vencer la gran batalla contra el virus y contra nosotros mismos. La decisiva batalla antes de la gran guerra. La guerra por la verdadera supervivencia.

Puedes encontrarme en Tuvozenpinares donde trabajo como redactor de contenidos.

Otros artículos interesantes: Viejas historias de ratones y fantasmas. Aquí. 

Y Bienvenido a la realidad. Aqui.